lunes, 18 de enero de 2010

Domingo

Yo no sé qué bichito les ha picado a mis hijos que este fin de semana se me han pegado como abejas a la miel. Yo, por supuesto, estaba feliz, aunque ello me llevara a consentirles cosillas que normalmente no deberían; en fin, por engreidor no he de ser mal papá. Del sábado no quedó mucho porque tuvieron control médico: los dos bien, pero Valentina baja de peso (esto no es novedad) y vacuna para Julito.

La cosa vino el domingo. Los dos ignoraron a su mamá casi por completo para estar colgados de mis brazos casi desde el amanecer. Desayuno con chicharrones a mi cuenta porque perdí una apuesta y luego a jugar dando vueltas todo el tiempo, ante la alarma de su mamá porque no se vayan a caer, o se le sale a Julito el desayuno por estar girando como loco.

Pero la diversión terminó temprano, el pobre de Julito hizo la fiebre ya prevista a causa de la vacuna. Y él, que de suyo es malhumorado, se puso insoportable. Aquí sí se acordó de su mamá. Pero Vale no se olvidó de la visita prometida a la vaca, así que los dos fuimos a la Granja Metro.

Así sin querer queriendo, o mejor dicho, sin haberlo planificado, he pasado un gran momento con mi Valentina dando de comer a chivos y carneritos, mirando cerdos y patos, y la vaca, por supuesto, que dio lugar a este curioso razonamiento:

- Papito, ya sé porqué hay leche en Metro.
- ¿Por qué hijita?
- Porque hay una vaca. Y las vacas dan leche. Pero como la vaca está sucia hay que limpiar la leche y así la podemos tomar. Ay, qué bueno que haya una vaca aquí.

Y pasando al hecho, fuimos también por la leche. Cuarenta y ocho cajas de leche evaporada son las que se toman mis dos cachorros al mes (ahora que lo pienso, pues no estaría mal tener esa vaca, jeje). Ya enla caja del súper tuve que esconder una caja de jugo de durazno, que Valentina había cogido para aplacar la sed. Y no la escondí por tacaño sino porque las 48 cajas de leche pesan casi 20 kilos que yo solito tenía que trasladar una vez que dejáramos la comodidad del carrito de compras; ya se ve que agregar un kilo y medio más de jugo de durazno no era una perspectiva que me animase.

Luego, con mis cajas de leche hicimos una visita a los juegos de siempre: sube y baja, castillos, resbaladeras y cama saltarina (o salta-salta, según Valentina). Aquí viene el jugo. Lo buscó en las bolsas y no estaba.

- Seguro la chica de la caja se lo escondió. Vamos a reclamarle, papá.

En el camino a reclamar encontramos un puesto de chicha, así que bebimos una hasta quedar con bigotes morados. Ahí se olvidó del jugo y pude llamar un taxi; adivinen qué vino: un VW escarabajo. Auto lindo si los hay, pero ahora prohibidos para taxi. Bueno, igual subimos. Valentina al verse adentro me dijo:

- Papito, es la primera vez que me subo a un huevito.

En casa Julito ya estaba mejor, pero desganado aún. No tuvo ganas de triciclo, pero Vale sí que pedaleó duro en su bicicleta. Yo le quité las rueditas de apoyo, pero aún no está lista para eso y las volví a poner. No duramos mucho en casa y nuevamente me fui con Vale a dar un paseo, del que regresó con un libro nuevo, y un rompecabezas para su hermanito.

En la noche, mientras la acompañaba para que se duerma, le dije:

- Hoy fue un día muy lindo, ¿verdad?
- No. Este día no fue lindo, no me gustó.
- ¿Por qué hijita?
- Porque la chica de la caja se robó mi jugo.
- Tengo una idea. Vamos a rezar para que la señora que apaga la luz nos traiga otro jugo, ¿ya?
- Ya.

Y rezamos. A la mañana siguiente, debajo de su almohada, estaba su jugo. Y en su rostro, su sonrisa.


P.D.

En otro post contaré quién es la señora que apaga la luz.



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