sábado, 31 de octubre de 2009

25 de noviembre de 2005

A las 8:34 de la mañana nació mi pequeña Valentina. Era viernes. La vi nacer. Mientras acompañaba y sujetaba a Evelyn la vi nacer. Vi salir su cabecita del vientre de su madre y la escuché refunfuñar mientras terminaba de salir. ¡Refunfuñando! Dónde se ha visto. Y seguía refunfuñando mientras le sacaban el líquido amniótico de la boca y le limpiaban el cuerpecito. Qué chistoso. Su madre medio muerta de cansancio después del supremo esfuerzo y la renegona refunfuñando porque la sacaron de donde tan cómoda estaba. Porque la sacaron; si era por ella no hubiera salido nunca. Su madre ya tenía la dilatación completa y las contracciones eran cada vez más fuertes y Valentina bien acomodada donde desde siempre estuvo. Con ella no era. Hubo necesidad de que una enfermera subiera a la cama y presionara la barriga de Evelyn al tiempo que ella pujaba para que saliera. Cada pujo acercaba a mi Valentina a la luz, pero cuando Evelyn se detenía para tomar aire, mi chiquita se volvía a meter. Ah no, no te pases pues hijita, qué es eso. Tu pobre madre sacándose el ancho y tú con esas gracias. Pero ahí mismo se subió a la cama la enfermera y en el quinto pujo, ¡zaz!, una cabecita llena de cabellos salió y empezó a refunfuñar, abrió un ojito y juraría que me miró por un segundo, para cerrarlo después, cegada sin duda por la luz desconocida del día. Qué carácter debes tener, hijita, para estar renegando mientras te examinaban, debajo de esos reflectores, en vez de arrancar a llorar como hacen todos los niños. Aunque me parece que no serás de las lloronas, lloraste poquito al nacer, más de frío, creo. Has de ser muy macha, como tu mamá.


Luego se la presentaron a Evelyn y ella le dio un besito en la frente. Mi amor estaba cansada, toda la frente mojada por el sudor y los ojos ojerosos. Tenía la expresión misma del agotamiento, pero también había contento en su rostro y sus ojos brillaron cuando vio a Valentina. Tan arrugadita mi Valentina, con los ojitos cerrados, y envuelta en un manto. Después del besito la metieron en una incubadora. Se tranquilizó en el acto al entrar allí. Ah, viva, no querías salir del vientre materno. Se la llevaron y fui tras ella. No me dejaron abandonar la sala de partos con la ropa de quirófano puesta, así que me la quité como pude, la tiré por cualquier lado y salí volando. Alcancé a la incubadora en el ascensor y al salir de allí encontré a doña Nilda, mi suegra, que también se unió a la incubadora. La vimos ingresar a una sala llamada Neonatología y me detuvieron en la puerta. “Tiene que mirar por la ventana” me dijeron. Mirar por la ventana, si yo lo que quiero es besarla. Qué preciosa es. "Sí, es bien linda".


Quedamos parados frente al vidrio que nos separaba de Valentina y entonces pude apreciarla: larga y delgada, como la familia de mi madre. Y además, blanca como la nieve. Las manos finas y los dedos, largos y delgados, manos de pianista. Los pies también largos. Seguro son pies “pico de pato” como los míos y los de mi madre (las sandalias y zapatos de vestir te quedarán regio, hijita) pero ahora son muy pequeños y no lo sabría decir. Además le habían teñido las plantas de azul para imprimir sus huellas. Y su rostro, indescriptible por su ternura. Toda una preciosura recostada allí con los ojos cerrados, buscando con la boca los dedos extraviados de la mano derecha y pateando con vigor el espacio vacío. Reconocí el talón que afligía a su madre de tanto estar en el mismo lugar de su vientre y que yo empujaba para obtener invariablemente una patada por respuesta. Esa mañana no había otros bebés, pero si tras ese vidrio hubiera estado alguien más, no lo habría visto, hijita, en ese momento tú opacabas al sol, a Dios. Hasta que alguien corrió las cortinas.

Entonces regresé a ver a Evelyn. Pero no pude entrar a la Sala de Partos de nuevo. "Tiene que estar con la ropa de quirófano". "Ah, me la pongo, acá la dejé". "No, esa ya no sirve. Y no puede estar acá, señor, por favor espere afuera". Demonios. Regresé a la Neonatología y la cortina seguía cerrada. Encontré a mi madre y a mi hermana, Anita, que llegaban. Ella, más práctica, fue a tocar la puerta. "Quiten la cortina pues, queremos ver". Y la volvieron a abrir. Ahí estaba Valentina de nuevo, esta vez dormida, con los bracitos alzados como los pondría alguien a quien apuntan con una pistola por la espalda. Qué bonita eres, hija. Movía los labios y sacaba la lengüita como si buscara el seno de tu madre; era el mismo movimiento que vi en la ecografía meses atrás.

El resto de la mañana nos dedicamos a acompañar a Evelyn. Ella estaba agotada; había pasado toda la noche sin pegar un ojo por las dolorosas contracciones y ahora sólo quería dormir. Pero en la habitación había tanta gente que eso era imposible. Todos comentando la buena nueva, a qué hora la traerán, todos felices porque no hubo dificultades, seguro ya viene, todos aliviados por la rapidez del parto, a las diez y media traeremos a la bebe, todos ansiosos porque no avanza la hora y por fin ahí viene, ahí viene. Y llegó.

La fascinación por ver a mi pequeña Valentina era general. Todos -abuelas, mi hermana, Eve y yo- la mirábamos embobados, boquiabiertos, sorprendidos. No era posible tanta belleza en ese cuerpecito tan pequeño, pero allí estaba y lo único que nos rompió el hechizo fue la llegada de una enfermera amargada de la vida que vino a levantarla como si nada para enseñarle a lactar. Pobre Valentina, los pechos de Eve no estaban listos para alimentarla. Resulta que no le habían enseñado el modo correcto de amamantar y ahora el pezón 'no salía'. Y mi pequeña Valentina no tenía fuerza para succionar y se desesperaba. Entonces comenzó un trabajo arduo para Evelyn. había que sacar el pezón con una jeringa, de modo que la bebé pudiera embocarlo. Era doloroso pero Eve no se quejaba, su preocupación por alimentar a la pequeña era mayor. cada vez que Eve jalaba el pezón la enfermera colocaba a Valentina para que intentara mamar, pero ella no sabía hacerlo, no tenía fuerza para succionar el seno. Además de eso el pezón volvía a contraerse y la bebé se desesperaba. Intentaron casi dos horas y Valentina no había tomado nada. Entonces llamaron a un médico y él dijo que había que administrarle una leche artificial. Yo me negué de plano. Pero más que el calostro que Valentina necesitaba comenzó a salir sangre de los pechos de Eve. Además ya habían pasado cuatro horas desde que mi Valentina había nacido, tenía que alimentarse. Y su llanto nos partía el corazón. A mi pesar, tuve que firmar la autorización del caso y comprar la fórmula de marras. Ese fue su primer alimento. De ahí en adelante todo fue más tranquilo y Valentina no tardó mucho en aprender a lactar.

Pasé la noche en la clínica acompañando a mis dos amores. Al día siguiente también recibimos visitas y por la tarde nos dieron de alta. Todas las enfermeras del turno, incluso la amargada, despidieron a Valentina en coro. Cuando llegamos a casa faltaba poco para el ocaso, pero yo sentía que amanecía un nuevo día.

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