miércoles, 25 de noviembre de 2009

¡Cumple de Valentina!

No te acuerdas de ese día.  No, qué te vas a acordar.  No sabes que la tarde anterior yo iba saliendo del trabajo cuando recibí un mensaje:  "amor, creo que es hoy, me duele un montón".  "Ya voy", contesté.  Mi corazón latía más fuerte por la ansiedad.  Cuando llegué a la casa las contracciones eran más frecuentes y dolorosas y casi no hubo sueño esa noche; felizmente doña Nilda estaba allí con nosotros y se la pasó en vela.  Yo, en cambio, no pude soportar la vigilia y debo reconocer que dormí la mayor parte del tiempo.

A las cinco de la mañana ya no era posible esperar más y salí a buscar un taxi, pero no te puedes acordar de eso.  Tu memoria seguro estaba más ocupada en olvidar la sensación del dolor que en registrar el camino.  Nos habían dicho que las contracciones duraría unas 12 horas, había tiempo para que alguien nos alcanzara la filmadora que había comprado con el único fin de registrar en video el nacimiento.  Mal cálculo, pasadas las 8 ya estábamos en la sala de partos, y unos cuanto minutos después, a las 8:34, hace cuatro años, naciste tú, mi amor.  Pero seguro tampoco lo recuerdas.

En cambio, yo no lo puedo olvidar.  Cada detalle de tu nacimiento está grabado con buril en mi memoria.  Hoy, hace cuatro años, a esta hora -poco más de las 8:00 PM-, toda la visita se había ido, tú estabas dormida en la cuna, y mamá y yo nos disponíamos a descansar en nuestro primer día de padres.  Si hubieses visto nuestras caras, felices de tenerte pero asustadas por el futuro, sí que lo recordarías.


P.D.

Valentina, no sabes... Mamita y yo hemos decidido -y aleccionado a toda la familia-, de que por nada del mundo te recuerden que tu cumple es hoy.  ¿Por qué?  Pues porque hace tiempo esperas esta fecha para disfrutar de la fiesta y si notas que es hoy, pues querrás la fiesta, torta, regalos y piñata hoy.  Y la fiesta es el sábado.

Igual has notado que mamita y yo te cubrimos de besos al despertar, y te cantamos "Las Mañanitas", y te abrazamos más que otros días.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La hora del juego

Desde que tomé un segundo empleo, hace casi un mes, llego a casa bastante más tarde de lo habitual. Si antes solía llegar a las seis de la tarde, ahora como muy pronto estoy a las ocho. Esto supone que encuentre a mi Valentina dormida; a Julito no, él todavía duerme en las tardes, así tarda más en coger sueño y podemos jugar en las noches.


La cosa es que esta nueva situación afectó a mi hijita más de lo que imaginé al principio.


Valentina suele guardar sus sentimientos cuando la situación no es favorable. Si algo la angustia no dice nada aunque le pregunten y cualquier día, ¡zaz!, como un torrente brota aquello que le aflige.


Pasó cuando no tenía amiguitos en el nido, o cuando nació Julito. Y pasó ahora.


Una tarde se cayó mientras correteaban por la casa. El llanto que siguió pronto se convirtió en uno de impotencia y pena, porque “mi papito ya no juega conmigo, todo el día trabaja y yo quiero jugar con él”. A su mamá se le partió el alma allí mismo y no había forma de consolarla.


A la mañana siguiente, fui temprano a su cama y la desperté.


- ¡Buenos días Princesita del Mar!
- Buenos días, papito.

Le dije que desde el momento de despertarnos, hasta la hora en que me vaya a trabajar, era la hora del juego, en la que el papito y la hijita van a jugar solitos, todos los días, ¿qué te parece?

No se puede describir la alegría dibujada en su rostro. Preguntó llena de emoción si se podía subir a mi cabeza, si yo podía hacer de tobogán…, en fin, si podíamos hacer lo que quisiéramos. La respuesta era sí.

Su mamá me contó ese primer día que apenas me fui le contó emocionada cómo hemos jugado, hasta dónde ha saltado, qué tan bien se ha escondido, de qué nos reímos.

Desde entonces, hace semana y media, todos los días me levanto antes de que amanezca, me aseo y voy a despertarla. Tres veces la encontré ya levantada y una vez me despertó ella. Entonces jugamos, saltamos, trepamos, nos divertimos. Hasta casi las siete le doy toda mi atención sólo a ella. Julito se despierta por esas horas, pero está perezoso y no tiene ganas de participar. Evelyn nos hace el desayuno y juntos lo tomamos. Luego me alisto y salgo al trabajo.

Valentina ya no reza para que vuelva temprano, pero cuida de no pasarse de las siete al acostarse, no se vaya a quedar dormida (una vez le pasó), ya no llora cuando salgo para el trabajo, sino que me despide llenándome de besos y pactando conmigo una nueva cita para el día siguiente. Es decir, mi Valentina está feliz de nuevo.

En cuanto a mí, qué puedo decir. La "hora del juego" ha sido un éxito. Tiene un pequeño costo, claro, ya no me puedo duchar en las mañanas, así que lo hago por las noches, debo levantarme más temprano porque la hora del juego no puede ser muy corta y me alisto diez minutos antes de salir; salgo un poco más tarde, y cambié bus por taxi, así que se compensa el tiempo de viaje.

El domingo pasado, a las seis de la mañana, descubrí una pequeña desventaja, no calculada: Valentina me despertó a gritos recordándome que ya había amanecido… ¡Qué pereza! Y yo quería dormir un poco más…, levantarme a jugar..., explicarle que domingo no hay hora del juego…, no, no.



De un salto me levanté. Qué rayos, mi hija quiere jugar. ¡Allá voy!


martes, 17 de noviembre de 2009

Soga al cuello

Feo título para una página de este blog, pero muy adecuado para este malhadado día.

Sucede que hoy mi hijo, se enredó la cuerda de la cortina en el cuello y casi se cuelga solo. ¡Diantres!

Valentina no era traviesa de pequeña, aún no lo es, pero este chiquitín nos va a poner de cabeza un día. Nunca se me ocurrió hacer algo con respecto a las cuerdas de cortinas y persianas... hasta hoy. Es de ver la huella que le quedó en el pescuezo... 


sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi padre y mi hijo

Cuando nació no parecía.   Creo que un mes después notamos algo, después ya era claro, y cuando empezó a caminar, su andar fue la prueba definitiva: cuando está de pie se ve como él, y camina con la misma cadencia.  Mi hijo es un calco de mi padre.  Querendón y buena gente, pero se trae un genio de aquellos, y no se necesita mucho para que se le caliente la chicha y frunza el ceño.  

Anoche me vi acariciando a mi hijo mientras dormía.  Me dio algún tipo de melancolía verlo dormir tan plácidamente, se ve que es un niño feliz.  Y como antes con Valentina, anoche también me he visto prometiéndole que siempre estaré ahí para él, y le he dicho que él no me defraudará nunca.  ¿Cuántas veces, papá, me has prometido lo mismo?

Las mías son aún promesas y tú has superado la prueba del tiempo.  ¿Cuántas veces te he decepcionado, papá?, ¿cuántas dolor te he causado y he actuado como si no importara?  Y tú permaneciste incólume; severo, indignado por mi causa, pero magnánimo.  Ahora comprendo cuánto te dolían mis traperías y tropiezos, y cómo conjurabas ese dolor tú solo, sin que el resto viera que más que tu expresión dura.  Sin embargo, tenías una fe inquebrantable en mí, y la certeza de que soy mejor de lo que yo mismo creo.  En ti siempre tuve apoyo incondicional y una nueva oportunidad.

Pero sólo fui capaz de ver esto con la llegada de mis hijos.  Prometiéndole en soledad al chiquitín todo lo mejor de mí, puedo imaginar las veces que me prometiste lo mismo y puedo ver cuánto me dolerá cuando mi hijo tropiece y lo duro que será para mí cumplir estas promesas que ahora hago.

Todo esto se me vino a la cabeza anoche, mientras dormía mi hijo.  Verlo me hizo pensar en ti…, o mejor, viendo a Julito te veo a ti, papá.  Él, quizá más que Valentina, me ha hecho conocerte mejor ahora que lo que te conocí en toda mi vida; me ha hecho admirarte más, amarte más.

A mis treinta años sigues guiando mis pasos, ya no con mano firme para empujarme de nuevo si me detengo, sino con el ejemplo de toda tu vida, con la lección dada de cómo ser padre, de cómo ser hombre.  Un hombre bueno, querendón, y con un genio de aquellos,  no se necesita mucho para que se te caliente la chicha, ¿eh Papaíto?, ¿Te acuerdas, papá, que te decía Papaíto cuando era niño?

Ahora le digo así a mi hijo.

sábado, 31 de octubre de 2009

Prometo dar más

Y miren hijos, desde mayo no escribo una sola línea en el blog. Vaya diario. No he dejado consignado cuándo has comenzado a caminar, Julito. Pero estoy a tiempo para dar cuenta de que estás a punto de hablar. Hace unos meses que dices 'atá' por 'allá', 'ta' por 'ya' y 'ese' para indicar algo que deseas. Valentina habló a partir del año y un mes, creo, pero tú tardas un poquito más. Cada uno tiene su tiempo. A mí me llamas 'papá', a mamá, 'mamá', y a tu hermanita le dices 'nana'. Aún no te sale la Ñ para que sea tu ñaña. Pero ahora se te suelta la lengüita y se han incorporado al vocabulario 'oto' y 'ma' ('otro' y 'más'), generalmente por afán alimenticio porque has de saber, hijo querido, que hoy en día eres un comelón. Valentina te dice Julito Comeloncito. Comes más que tu hermanita y eso nos provoca gracia a tu mamita y a mí.

Te diré que tu rutina es la siguiente: te despiertas a las seis (desde que naciste y hasta hace cuatro meses lo hacías a las 5 de la mañana, de modo que te agradecemos que duermas un poquito más) y comes papilla o tomas leche. El desayuno es a las ocho. A media mañana duermes dos horas. A la una viene el almuerzo, a las tres otra fruta, a las cinco lonchecito, a las ocho la cena. Una teta más para dormir, otra a media madrugada y comenzamos a las seis de nuevo. ¿Ves por qué Valentina te dice así?

En cambio a ti, Valentina, mi amor, hay que hacerte una misa para que comas. Qué manera de escaparse de las comidas. Hubo días en que hemos tenido que batallar para que almorzaras sólo tres cucharadas de cualquier cosa. Pero tu mamá es un modelo de paciencia para cuidarlos. Yo no podría con la dedicación que ella pone.

Y yo... bueno, hace quince días he tomado un segundo trabajo. Ahora ya no llego a la casa a las seis de la tarde, sino en la noche, y los encuentro dormidos. Sé que Julito me espera ansioso a las seis y corre a la puerta cada vez que escucha a alguien entrar. Sé que Valentina reza todas las noches para que vuelva temprano nuevamente. Sé que su humor ha cambiado y se estresan. Mamita está triste porque les veo poco ya además está cansada porque no llego temprano para ayudar a cambiarlos, alimentarlos y acostarlos, sobre todo a ti, hijito, que yo te hacía dormir todos los días, mientras la mamita acostaba a Vale. Sólo comparto con ustedes la media hora que tardo en alistarme para salir temprano en la mañana. Ustedes no pueden comprender todavía que tengo que trabajar un poco más porque hay cuentas por pagar. Estos meses han sido de continuas renuncias y, como dice Valentina, eso no es divertido. Será por poco tiempo.

Por eso prometo dar más. Para que mis ausencias en la semana se compensen los sábados y domingos, para que no estén tristes, y para que la mamita también se contente. Voy a ver cómo hago porque tiempo no tenemos. Y ustedes tres valen la pena.

El peinado de Valentina



"Por favor, alcánzame un gancho".

OK. Aquí empieza todo. Valentina adora lucir los peinados que le hace su mamá. Trenzas de formas varias, colas, medias colas, con raya, sin raya, raya en zig-zag, etc. Y su mamá detesta el peinado que yo hago, una cola mal ajustada. A Vale no le importa, pero su mamá se indigna diciendo que no puedo hacerlo más feo aunque lo intentara. Por eso, cuando hay que peinar a Valentina, prefiero dejarle el trabajo a ella.

Sin embargo, eso no significa que no ayude. Ayer me pidió que le alcanzara un gancho. Y como ya sé los requisitos de tal pedido, allá voy, en busca del gancho ideal para el peinado en curso.

A ver, hay dos cajas de metal con ganchos. ¿Cuál quieres, Eve?

- Hay uno blanco...

Ajá, blanco. Vale no se queda quieta mucho tiempo, debo ser rápido, un gancho blanco es fácil de encontrar. Pero en las latas de marras la cosa se complica porque, en blanco, hay ganchos de metal, de plástico, con pompón, con adornos de plástico, de cerámica y de tela, sin adornos, de presión, con seguro, de a pares e individuales.... si pregunto cuál de todos se enoja Eve porque Vale no se queda quieta mucho tiempo... Atino a mirar el atuendo de Vale para ver más o menos por el color cuál queda mejor, pero nada, viste de blanco y negro y los ganchitos de eme son inclasificables por el color. Agarro uno al azar ya resignado y se lo alcanzo.

- ¡Ese es un colette!

Eve suelta el peinado a medio armar y viene a buscar el gancho por sí misma. El peinado debe rehacerse, de modo que soy un inútil espectador, pero Vale ya se cansó, ya no está quieta, de modo que Eve decide algo más sencillo: usó una vincha.



(Post escrito el 4 de mayo de 2009)

Señoras y señores: Julio César

Mi hijo querido nació el 18 de mayo de 2008, treinta meses después que su hermana, y aquí se los presento:



Sí, sí, ya sé que no parece recién nacido pero, ¿no es mejor presentarlo cuando más lindo está? Porque nadie me diga que un recién nacido es lindo.  Ahora lo que importa es presentarles a mi hijo.  Se llama Julio César, como yo.  Y como mi padre y mi abuelo.  Sé de sobra que ya no se estila llamar a los hijos como uno, pero siempre fue mi deseo que mi hijo se llame como yo.

Entradas futuras darán cuenta de lo inteligente, despierto y travieso que es.  La de hoy sólo sirve para presentarlo.  Para que sepan que hay un niño que ilumina mi vida aún más.  Para compartir lo bueno que tengo, que es poco.  Para estar presente en algún lado.  Para que mi Papaíto me lea algún día, para que me quiera más...